Aprendemos a hablar y, sin darnos cuenta, aprendemos de magia: ¡cuántos mundos se abren al compás de nuestro Verbo! Pido, obtengo; llamo, acuden. Imagino y verbalizo: materializo. Alguien más (otro incognoscible) puede vislumbrar mi mundo interior. ¿Qué otra magia pueden querer el Hombre, la Mujer?

 

Pero aprender a hablar es fácil. Aprender a ser Sacerdotes y Sacerdotisas de la palabra, no tanto. ¿Qué fuerzas pongo en marcha con mi vibración sonora? ¿Cuán necesaria es mi intervención vocal? ¿A qué oramos cuando oramos? ¿Cómo hablamos cuando hablamos? ¿Qué decimos en lo que decimos? ¿Cuál es la brecha entre intención, emoción y emanación?

 

Aprender a callar es de Sabios y Sabias. Aprender a bienvenir al silencio es de Poetas y Poetisas. Aprender a controlar la lengua es de Mestres. Regular y disciplinar la cháchara externa (e interna) es de Guerreros y Guerreras de la Luz.

 

La invitación es, pues, a hablar menos para decir más (y para decir mejor).

Callar para sentir.

Silenciar para Ser.

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